martes, 20 de noviembre de 2012

El que madura

-Adiós, señor Parquiss- se despidió un joven Garland.
-Nos vemos, muchacho-correspondió el señor Parquiss-. Venid a visitarnos de vez en cuando.
-Claro, señor-dijo Garland, convencido de que no volvería a pisar Casa Parquiss nunca más.

Aún así, sintió un pequeño pinchazo de tristeza al atravesar el jardín, congelado por la helada de la madrugada, y abandonar aquel lugar en el que había vivido los primeros quince años de su vida. Por su forma de ser no había hecho muchos amigos, pero había cogido cariño a su profesor de arcano y a un par de compañeros. Cuando llegó a la entrada se sorprendió pensando en si los volvería a ver, pero sus precoz nostalgia se apagó de inmediato. Allí esperaba su madre; la juez Hvid Ibenholt, ante una pequeña diligencia con el escudo del Imperio. Sin mirarle y haciendo anotaciones en un cuaderno, le indicó con un leve gesto de la mano que entrara en el carro. Garland agachó la cabeza, esquivando su mirada y se acomodó dentro con su petate.

Su madre entró y, por primera vez, sus miradas se cruzaron. Como siempre, Hvid escudriñaba los ojos del joven Garland, analizandolos, como si intentase intuir algo en ellos, costumbre que Garland detestaba. El carro se puso en marcha y Garland intentó romper el silencio como buenamente pudo.

-Os veo más ocupada que de costumbre, madre.
-Así es, muchacho-comentó Hvid, mirándole con dureza; aquellos ojos azulados parecían taladrarle el cráneo. Detestaba que Garland la llamara "madre"- Espero que durante tu formación militar aprendas el valor del esfuerzo y la perseverancia mediante la disciplina. Algo que resulta evidentemente necesario en tu educación-añadió con una mirada reprobatoria.

"Detesta mi aspecto- se dijo Garland- pero no seré yo quien jugue el suyo"
-Y así lo haré, mi señora- se resignó.


Durante el trayecto no volvieron a comentar nada. Lo único que Garland lamentó fue no poder sentarse más lejos de aquella mujer cuya aura de severidad y poder a partes iguales le oprimía la garganta como una soga, así que intentó distraerse mirando por el ventanuco. A medida que se alejaban de Casa Parquiss Garland tenía la impresión de que el tiempo iba empeorando. Cuando llegaron a la Academia ya a media mañana, casi en Tierras Grises, el alivio de Garland fue infinito. Se bajó del carro despidiéndose con un seco “adiós”.

-Ahora mismo tengo que salir para el Palacio del Tribunal Supremo. Espero que la próxima vez que nos veamos te hayas convertido en un hombre hecho y derecho; si lo consigues tal vez termines siguiendo mi cam
ino.

"Espero que de darse el caso tenga el sentido común de suicidarme" pensó Garland, pero nunca se le ocurriría mencionarlo. 

En la puerta de la academia había bastantes muchachos que rondarían su edad, aunque la mayoría eran mayores que él. En tiempos de guerra las academias como aquella eran fábricas de soldados con el único propósito de cubrir las numerosas bajas que producían los dragones en el Imperio.

"Es increíble que habiendo un dragón por cada cien arcanos ya hayamos perdido una vez contra ellos"

Garland agarró su petate y se puso a la cola, como uno más. En el futuro, su papel sería bien distinto de todos ellos.

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